“Las obras de Alexey Kondakov son, ante todo, relatos. Historias que el artista captura y recorta del flujo incesante de la vida diaria, con la misma naturalidad con la que alguien toma una fotografía con el móvil. En esa tensión entre lo banal y lo sublime, entre lo fugaz y lo eterno, Kondakov ha encontrado su territorio: un realismo mágico contemporáneo donde el pasado y el presente se rozan en silencio.”
Su método es sencillo solo en apariencia. Consiste en hacer chocar los códigos de la pintura clásica ,ese universo de “alta cultura”, de dioses, vírgenes y gestos heroicos, con los escenarios más corrientes de la vida urbana: el metro, una parada de autobús, un callejón anodino, un coche compartido. De ese contraste nace una visión del arte del pasado convertido en una lente para mirar el presente, y, a la vez, el presente convertido en un espejo que descompone los mitos de la antigüedad.
Conectando el romanticismo con el «post-post-aquí-y-ahora», Kondakov teje un espacio-tiempo surrealista en el que los dioses y las criaturas mitológicas se transforman en personas ordinarias, mientras que los seres contemporáneos, dentro de ese círculo encantado de metamorfosis constante, reproducen en su día a día los patrones eternos de las historias y leyendas.
De esa mezcla de lo sublime y lo vulgar, del brillo antiguo y la basura contemporánea, nace lo que Kondakov llama su “surrealismo documental”. No hay artificio en exceso ni manipulación barroca; solo una mirada que observa el milagro dentro de la rutina. Su escenario preferido no es un museo, sino Internet, ese espacio contradictorio donde lo privado y lo público se mezclan, donde todo puede desaparecer o hacerse eterno. Para él, la red es el último refugio de sus personajes ; un lugar donde los mitos encuentran nueva vida, compartidos, comentados y reinterpretados por una comunidad anónima que los reconoce como propios.
Kondakov ha convertido las redes sociales en su galería natural. Allí, entre los perfiles de gente común, sus composiciones encuentran un público que no distingue entre lo clásico y lo cotidiano, entre lo divino y lo profano. En ese territorio líquido, el arte deja de ser un discurso elevado para volver a ser lo que siempre fue: una forma de contar lo que nos pasa.
En el fondo, Kondakov es un narrador que inventa mundos combinando fragmentos. Construye reglas para sus personajes, dibuja sus destinos, lanza piedras al lago de la Historia del Arte y observa las ondas que se expanden. Y quizá su pregunta —la que recorre todo su trabajo— sea también la más contemporánea de todas: ¿cómo seguir contando historias en un mundo donde todo parece ya haber ocurrido, donde todo ha sido ya vivido y narrado?
Su respuesta no está en el pasado ni en el futuro, sino en ese preciso instante en que un dios del Renacimiento cruza la mirada con una mujer que mira el móvil en un vagón del metro. Allí, justo ahí, sigue existiendo el milagro.